POLÍTICO, ECONÓMICO Y SOCIAL  
17/12/2015
El gran hermano chino

RÍO NEGRO 
Es con toda seguridad saludable que políticos, empresarios, intelectuales y otros, además de funcionarios del gobierno nacional, estén celebrando un acalorado debate acerca de la relación de nuestro país con su nuevo “aliado estratégico”, China, puesto que hay muchísimo en juego. No tan saludable es que se haya hablado poco del tema antes de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner firmara un conjunto de convenios en Pekín, enfrentándolos con un hecho cumplido que no tendrían más opción que aceptar.

Según el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, la agrupación que encabeza tardó tanto en “denunciar” los acuerdos que no le gustan “porque ustedes ocultaron seis meses su contenido”, lo que, claro está, no debería haberlo sorprendido porque, como a esta altura sabrá el ex aplaudidor, el gobierno kirchnerista siempre ha sido reacio a permitir que se difunda información sobre asuntos de importancia no sólo económica sino también geopolítica.

Como muchos han señalado, la alianza con China podría tener consecuencias muy profundas para el futuro del país, razón por la que a juicio de algunos Cristina acaba de firmar el equivalente del pacto Roca-Runciman de 1933 con el Reino Unido, con la diferencia de que en aquel entonces el Imperio Británico estaba perdiendo poder mientras que el de China, si bien por ahora es sólo comercial, está aumentando su influencia con rapidez. Hay otras diferencias que a la larga podrían ser significantes.

Para comenzar, China es un país de cultura no occidental gobernado por una férrea dictadura nominalmente comunista que raramente presta atención a la opinión pública local. También es muy pobre, con un ingreso per cápita que, según las estadísticas proporcionadas por instituciones como el Banco Mundial, apenas alcanza la mitad del nuestro; por lo tanto, las autoridades chinas no se sentirán del todo conmovidas por las alusiones de futuros gobernantes argentinos a la pobreza de amplios sectores de la población y a la necesidad de anteponer sus intereses a los de prestamistas o empresarios foráneos.

Asimismo, por tener más de 1.300 millones de habitantes, andando el tiempo el gobierno chino podría aprovechar las condiciones preferenciales cedidas por Cristina para que un porcentaje pequeño se trasladara a la Argentina, de tal modo afirmando su presencia. Puede argüirse que los cambios demográficos que provocaría un movimiento migratorio en tal sentido serían mutuamente beneficiosos, pero así y todo se trata de una eventualidad hipotética que merece un debate previo.

No prosperaron los intentos del ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios de tranquilizar a los capitanes de la industria asegurándoles que el impacto de los acuerdos con China será muy positivo y que no hay cláusulas secretas pero, tal y como están las cosas, sería difícil concebir un acuerdo con un gigante manufacturero como China que no motivara protestas. De proponérselo, los chinos podrían arrasar con buena parte de la nada competitiva industria local, ya que están en condiciones de producir virtualmente todos los bienes de consumo que se venden en los comercios del país.

Aún cuando no opten por ir tan lejos, es de prever que China desplace a otro “socio estratégico”, Brasil, donde los voceros de los industriales paulistas se han puesto a acusar al gobierno de Cristina de “ignorar” la relación histórica con su país y el Mercosur. Desde hace varios años, los brasileños están manifestando su temor a que el resurgimiento de China signifique el fin de su propio sueño de que su país se erija en una gran potencia industrial, lo que los obligaría a conformarse con exportar productos agrícolas y mineros a cambio de bienes fabricados de mayor valor agregado.

Si bien la preocupación que los brasileños comparten con nuestros industriales es legítima, protestar contra la competitividad supuestamente injusta de sus homólogos chinos para entonces pedir más proteccionismo no los ayudará a superar los problemas que los angustian. Si hay una solución para los asustados fabricantes brasileños y argentinos, consiste en hacerse más competitivos que sus rivales asiáticos, o sea, en aprender a producir bienes de calidad más alta a precios accesibles, pero se trata de una verdad que muchos preferirían pasar por alto.

 
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