POLÍTICO, ECONÓMICO Y SOCIAL  
27/12/2015
Stalin y el aniversario que no se nombra


Por JOSÉ ANTONIO RIESCO
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Instituto de Teoría del Estado
Este 5 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Josif Stalin (1879-1953), a quien Pablo Neruda en uno de sus poemas, al final de la década cuarta del pasado siglo XX, llamó “Padre del proletariado universal”. Fue poco después que tuvieron lugar los llamados “Procesos de Moscú” (1938) donde el dictador hizo ejecutar a casi toda la élite que había acompañado a Lenin en los primeros pasos de la revolución rusa iniciada en 1917. Esta surgió, vale recordarlo, en los brazos del estado mayor de Alemania que lideraba el mariscal Ludendorff, el mismo que al final de la guerra acompañó a Hitler para fundar el Partido Obrero Nacional Socialista Alemán (NSDAP).

Esas ejecuciones se hicieron al margen de toda legitimidad procesal, pese a que en 1936 se había sancionado una Constitución “soviética” cargada de derechos y garantías. Para Stalin todo quien le molestaba con su libertad de pensamiento respecto a cómo debía ser el socialismo, era marcado como enemigo “de la revolución”. Y, diciendo y haciendo, muy poca distancia había entre la denuncia y la ejecución del “traidor”.

Un caso especial fue el de Bujarín, un intelectual de alto nivel que predicaba cierta reducción del rigor con que, con total acento en los rubros básicos (electricidad, acero, etc.) se estaba aplicando el plan oficial. Para desprestigiarlo en los ambientes políticos y culturales del régimen, Stalin contó con la ayuda de Antonio Gramsci quien, desde la cárcel donde lo tenía Mussolini, escribió un folleto presentando a las tesis de Bujarin como decididamente anti-revolucionarias. El ensayo circuló profusamente y a la hora del patíbulo nadie se condolió por el “traidor”.

De estos condenados sin piedad y sin apelación uno de los pocos que se salvaron fue León Trosky, la segunda figura de la revolución de 1917, luego de Lenin. Y que no fue un niño de pecho cuando se trató de barrer a sangre y fuego tanto las oposiciones como las meras diferencias a la hora de construir el nuevo aparato estatal. Muerto el líder principal, tuvo mala suerte, se peleó con Stalin que, en los años 20 del siglo pasado, venía creciendo políticamente y ya tenía la manía de no perdonar ni siquiera al gato si veía en él a un competidor.

De manera que “el más culto de los bolcheviques” hizo las valijas y buscó mejor vida en alguna pensión capitalista. A su paso por París dejó fundada la “4ta. Internacional” (el trotskismo) y siguió viaje. Instalado en México dedicó sus días a la propaganda para recuperar la revolución rusa, y a escribir. Entre sus visitantes privilegió a un hombre joven que lo ayudó mucho, se hizo casi de la familia y cultivó una afectuosa convivencia con el revolucionario exiliado. Hasta que un día que no había testigos cerca, el ahijado le clavó un instrumento de acero en la cabeza, y “a la merda con el amor”. Era un KGB que luego pasó años en la cárcel, pero Trotsky murió a los tres días del atentado.

El uso irracional, arbitrario de la violencia fue toda una filosofía para el manejo del Estado por el estalinismo y su principal herramienta para hacer un “gallinero organizado”, o sea, el totalitarismo. Fueron millones las víctimas de la ortodoxia absoluta, un estilo que a veces servía para sentenciar sobre asuntos ideológicos y muchas veces para liquidar a los enemigos personales del dicho “padre del proletariado universal”. La KGB se convirtió  en el principal ministerio del sistema.

Pero no cabe dejar de lado la arraigada tradición de Rusia en la materia, ya que los zares nunca habían ejercido el poder respetando los derechos humanos. Pedro el Grande fue tanto el modernizador de Las Rusias, cuanto uno de los sanguinarios de turno. Lo fundamental, empero, al evaluar el ciclo de poder (¡todo el poder!) de Stalin y su camarilla –es común en los déspotas rodearse de alcahuetes–, se refiere a qué fidelidad guardó su gestión con las promesas anteriores. Hay que remitirse a Marx que fue el autor calificado de  la teología comunista.

a) La dictadura del proletariado fue una farsa debido a que el control absoluto de la sociedad esta clase no lo tuvo nunca. Y en su lugar funcionó un régimen de poder concentrado que colocó a los trabajadores en la condición secundaria que ya había anticipado Lenin en “Qué hacer?” de 1903. Los únicos proletarios fieles fueron los que se formaron en la cúpula (Kruschev, por ejemplo).

b) Lejos de desaparecer, el Estado aumentó en alta medida su volumen y su estructura. Todo o casi todo lo relevante fue estatizado, en particular la economía: industrias, distribución de bienes de consumo y la producción de alimentos colectivizando el campo mediante haciendas colectivas.

c) La educación, y la cultura en general, fue absorbida por la propaganda ideológica y política del gobierno. Los avances en la ciencia que se daban en las naciones occidentales eran  rechazados e incluso prohibidos por “capitalistas”. A la vez se hicieron transferencias secretas –vía espionaje– de conocimientos de significación estratégica, como fue el caso de la investigación atómica.

f) No se produjo la sustitución de las clases sociales por la igualdad total, aunque se formó la nomenklatura una oligarquía de tecnócratas y altos funcionarios con sus hijos y entenados.

De todos modos, buena parte de la crema de la intelectualidad occidental cultivó gran admiración por Stalin y “su obra”, sobre todo con motivo de la guerra civil española. No faltaron vejestorios liberales que diferenciaban: “Hitler es malo, pero Stalin no es tan malo”. Los partidos comunistas, en todas partes del mundo, oficiaron de agregados obedientes de las embajadas de Moscú.

En la Argentina, durante la segunda gran guerra del siglo pasado y la posguerra, la palabra de Victorio Codovilla (il capo PC), era escuchada con veneración en algunos salones de las señoras bien de la democracia. Cuando en 1989 reventó la “patria del proletariado” y se supo todo, de aquéllos, el que no hizo mutis guardó silencio o puso cara de sorprendido. F. D. Roosevelt no dijo nada porque ya no podía hablar.

 
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