POLÍTICO, ECONÓMICO Y SOCIAL  
30/12/2015
¿Infectará el odio lo que se viene?


Por JOSÉ ANTONIO RIESCO
Instituto de Teoría del Estado
Lo que pase con el acuerdo Sanz-Macri, aprobado por la mayoría de la convención de la UCR el 14 de este mes en Guleguaychú, lo dirá en términos pragmáticos el censo de votos, primero en agosto y, seguidamente, en octubre. En la democracia, aunque signifique más que un logro matemático, quien será mayoría y quien minoría lo rige la ley electoral, un invento que hace ya mucho dio un procedimiento racional de solución de conflictos. No obstante, casi como un hábito maligno de nuestra vida cívica, automáticamente se puso en vigencia la vieja y permanente “ley del odio”.

El jefe de abinete, Aníbal Fernández, dejando de lado el equilibrio verbal y mental que debería acotarlo por la jerarquía de su cargo, salió, urgido, con los “tapones de punta” a descalificar la alianza de la UCR con el Pro. Es un “acuerdo de mala factura” y “una muestra de la derecha espantosa”, dijo. En el acto se le sumo Wado de Pedro, otro alto funcionario del gobierno que, como  principal argumento, se exhibió llenó de dolor por que “se abandonaron las ideas de Yrigoyen y Alfonsín para ponerse al servicio de los poderosos”.

De las “ideas” de Yrigoyen y Alfonsín que se ocupen los lingüistas e intérpretes de  textos pero, ¿hay alguien más poderoso, por los recursos de que hace uso y abuso, que el gobierno? Se acaba de anunciar que este año la publicidad oficial sumará no menos de 6.900 millones: ¿Quién podría competir con esa suma?

Los dichos del oficialismo hay que tomarlos en serio –revelan bajeza, estupor, miedo, despecho o cualquier otra cosa– aunque no dan para salir corriendo. Es el estilo, muy suyo, de tratar al adversario como enemigo con la lógica de Carl Schmitt, talentoso ideólogo del nazismo alemán, y también de las recetas filosóficas del finado Ernesto Laclau. Y más que eso por llevar siempre, en los impulsos del inconsciente, la huella urticante que les dejó la frustración revolucionaria de los años 70, aunque suficiente para parir una dictadura militar. Ésa de la que se declaran víctimas y no socios.

Hay otros sectores que lamentan lo ocurrido en Gualeguaychú y hacen su aporte en cuanto a diatribas y enojos. En Santa Fe está furioso el vicegobernador Jorge Henn, que reclama por que la alianza diluye a los partidos políticos. Como hay otros secto res –igualmente enardecidos– que ponen el acento en el “liberalismo” que imantaría una gestión gubernativa si triunfa la alianza UCR-PRO. Acaso con olvido de que, al asumir la Presidencia, fue Hipólito Yrigoyen quien declaró que “la Constitución” era su programa fundamental; y seguramente sabía que aquélla no era precisamente “progre” o socialista.

Con todo respeto por los que se entusiasman con tirar cascotes, me permito decir que no creo ser un futuro elector en apoyo de la vapuleada alianza. Me presiona, también en el inconsciente, mi origen conservador, pese a que tengo amigos radicales. Lo que hace que, por razones genéticas, muy difícilmente vaya a  votar por la fórmula del “acuerdo”. Lo cual no impide que tenga muy presente el manifiesto odio que se desató a principios de 1958 cuando trascendió que la candidatura presidencial del Dr. Arturo Frondizi, líder de la UCR intransigente, contaría con la adhesión del voto peronista. También entonces se lanzaron contra esa combinación el más furibundo anatema y las más infamantes imputaciones: “traidor”, “vendido”, “atorrante”, fueron expresiones comunes en la gritería de los políticamente heridos por la novedad.

Lo peor, con esta virulenta salida a la superficie de la “ley del odio”, fue que las pasiones desatadas no se detuvieron con el dictamen de las urnas. Lejos de ello las denuncias, injurias e imputaciones de cualquier tono y color, se instalaron seguidamente en las fuerzas opositoras derrotadas en la elección, intensificando los términos afrentosos hasta convertirse en una gestión propagandística. Sirvió, ante todo, para motivar a los dos factores sociopolíticos principales de esos días, los militares y el sindicalismo.

La ofensiva cargada de rabia tuvo su primer logro con la caída de Arturo Zanichelli, gobernador de Córdoba en 1960. A fines de marzo de 1962 maduró dicho proceso negativo y se acabó la democracia con Frondizi en la cárcel.

Lo preocupante es que tales tendencias puedan extenderse y dominar las actitudes y las conductas durante la campaña electoral que avanza y seguir luego de los comicios. Y lo que hoy le toca al pacto Macri-Sanz también puede ocurrirle al Frente Renovador de Sergio Massa, e incluso a la fórmula que puedan integrar Scioli o Randazzo. Los argentinos nos hemos especializado políticamente en demoliciones, mientras la Argentina reclama tiempos de sensatez.

 
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